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Proyecto de Novela

Capítulo 1
Estaba lloviendo cuando el Abad Bartolomé de Ansio se sentó en su desorganizado escritorio. El día había pasado rápidamente entre oraciones, clases y, por supuesto, reprender al grupo de niños traviesos del orfanato. El simple recuerdo le trajo una sonrisa. Al inicio, doña Itzel, la ama de llaves del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco no estaba muy contenta.
-Seguro van a hacer muchas travesuras -recodó que le dijo doña Itzel en su momento.
Sin embargo, no podía decir que no cuando doña Rosita, la madre superiora a cargo del orfanato de la cada vez más ruidosa ciudad de México le pidió su ayuda con la educación de los niños. Ciertamente no podía negarse.
La carga de trabajo se había disparado al agregar este nuevo grupo variopinto de niños huérfanos. Su trabajo como rector del Colegio ciertamente lo tenía ocupado además que el tema del Colegio se había estado convirtiendo en una nueva excusa de discusión política entre los dos grandes grupos en los que se dividía la nobleza actual.
Parece irónico como las famosas “Nuevas Leyes” promulgadas por su majestad Carlos I bajo el tutelaje de su maestro, fray Bartolomé de las Casas, había puesto patas para arriba toda la vida de la reciente Nueva España. Verán, los edictos habían calado fuertemente entre la población, mayoritariamente indígena, y había elevado a calidad de nobles de la Corona a los antiguos señores mexicas. Esto ciertamente podría haber sido muy diferente si no se hubiera controlado a tiempo la gran epidemia de viruela; sin embargo, la medicina tradicional mexica había logrado contener en base a esa extraña plasta de moho y hierbas que ciertamente había controlado la mortandad.
-Medicina tradicional -pensó el buen abad- Ciertamente los europeos debemos aprender mucho sobre el conocimiento tradicional de los indios.
Naturalmente, como rector del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco debía buscar la manera de integrar ambos mundos. Su labor se convertiría en una de las más ambiciosas fuentes de conocimiento al unir dos grandes mundos. La antigua y rígida Europa, producto del pensamiento de griegos, romanos, Aristóteles, Galeano, Séneca, San Agustín e incluso los locos moros que habían dejado gran huella en España cuando gobernó un califa; más ahora, literalmente un nuevo mundo, con tantos saberes y avances que al principio fueron profanados y exhibidos como barbáricos por los conquistadores, más luego respetados cuando se dieron cuenta el nivel médico, matemático e incluso natural. Ciertamente su labor se convertiría en la envidia de las generaciones académicas.
Claro, esto si sobrevivía al constante jaloneo de la nobleza local. Un grupo, compuesto de la antigua nobleza mexica, ahora cristianizada, buscando cuotas de poder ante el virrey que irónicamente se había aliado con los antiguos conquistadores además del virrey; contra los recién llegados, nobleza de segundo plano de España, pero con el poder la Iglesia católica detrás de ellos.
Es así como su Colegio tenía que aprender a vivir entre estos dos grupos sin involucrarse con ninguno, sobre todo con los recién llegados, que eran apoyados por la orden de los dominicos y su inquisidor Pedro Tolosa, un hombre de temer.
Este panorama ciertamente le hacía doler la cabeza al Abad por lo que se levantó del asiento para dirigirse a la estantería donde guardaba su pequeña botica. Sacó algunas hojas de sauce con algo de esas resinas que usaban los indios y llamaban copal. Lo diluyó en una pequeña tetera que tenía en su chimenea y se preparó una infusión. Obraba maravillas para el dolor de cabeza.
Con un vaso en mano regresó a su asiento y sacó de su cajón las hojas con las notas donde redactaba sus memorias. Ciertamente ahora, ya anciano, pasaba como un hombre sabio y entendido, sobre todo por su pelo y barba totalmente blanco; sin embargo ¡Qué diferente era con lo que estaba escribiendo en esas hojas! Esto es porque estaba narrando justamente su participación en la batalla de las colinas doradas, como era conocida románticamente.
-Una carnicería -se le escapó a don Bartolomé que, agarrando su pluma, la mojó en su tintero para seguir avanzando.
“Nuestros aliados indios habían localizado el grupo de guerreros tarascos que habían salido de los montes michoacanos. Habían calculado unos 3,000 guerreros que avanzaban por el valle que llevaba directamente hacia la capital mexica. Nuestro gobernador, don Hernán Cortez, había mandado a mi compañía junto con otras 2 y un contingente de tlaxcaltecas, nuestros aliados. En total éramos unas 1,000 personas.
Nuestro capitán, don Roberto de Alarcón, nos llamó a reunión y comenzó a decirnos el plan de batalla. Básicamente era tomar posiciones defensivas en la colina de al frente y esperar el embate. A nuestro favor teníamos la caballería que podía rodear a los enemigos; aunque solo eran 200. Nuestro poder de fuego tenía que superar a los enemigos y aprovechar la altura. Esa era la estrategia.
Los tlaxcaltecas nos informaron que este imperio, el tarasco, no había sido conquistado por los mexicas por sus armas de bronce así que esperábamos una carga frontal y que lográramos…”
-¿Se puede? -Preguntó una voz femenina desde mi puerta.
-Adelante -respondió el rector mientras dejaba su pluma- ¿Se le ofrece algo, doña Itzel?
-Vine a traerle una hogaza de pan que nos acaba de traer la hermana Mary del orfanatorio.
Una sonrisa se dibujó en la cara del anciano. Sabía bien que el pan que horneaban en el orfanato era muy apreciado por los vecinos. Disfrutaría su te de hojas de sauce con un pan caliente. Eran las pequeñas alegrías del día que dan sentido a la vida.
-Don Bartolomé -Comenzó la anciana- Se que a usted no le molesta trabajar; sin embargo, creo que debería pensar en traer más maestros al Colegio. Se está llenando de trabajo y eso no es bueno para sus huesos.
Al abad se le escapó una pequeña risa.
-Vamos doña Itzel ¿Cree que no lo había visto? -Una sonrisa picara se le asomó al rostro- Está por llegar un joven de España que me recomendó por carta don Julián desde Cádiz.
-Bueno, pues ojalá no sea igual de alcahuete que usted, don Bartolomé -exclamó con un pequeño puchero doña Itzel- Básicamente se ha convertido en un abuelo consentidor de todos los estudiantes y Dios sabe que necesitamos más disciplina.
-No se apure, doña Itzel, seguramente llegará como todo joven, con tanto celo y enjundia -exclamó nostálgico el anciano.
-¿Memorias de otros tiempos? -sonrisa socarrona de parte de doña Itzel.
La respuesta del Abad suele fue una leve tos porque del joven que venía, Juan Burgos, había una carta de recomendación de su amigo, don Julián y esta era bastante curiosa. Ya le tocaría evaluarlo en persona, mientras tanto, doña Itzel tomó el plato de pan y el vaso vacío para llevarlo a las cocinas mientras el viejo abad regresaba a sus memorias.
La lluvia seguía cayendo.



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