México, un país lleno de contradicciones. Un país que teme y celebra a la muerte, donde sus antiguos emperadoras componían bella poesía pero se sacrificaba vivos a sus prisioneros de guerra. México, tan lleno de muerte como lleno de vida. Tan hermoso como cruel, tan lleno de contradicciones que le hace justicia a nuestro título «México surrealista».
Cuenta la leyenda urbana que Salvador Dalí dijo: «De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas» (Wikiquote 2014) y eso quizás sea el justificante más grande para nuestro ensayo y una óptica para entender nuestra sociedad actual. El surrealismo es una combinación de paradojas, la búsqueda de la trascendencia a partir del impulso psíquico de lo imaginario y lo irracional.
¿Cómo puede ser México entonces un país surrealista? Quizás lo explique nuestra particular manera de entender la vida y la muerte o quizás nuestro eterno optimismo por un futuro mejor pero junto con nuestro sufrido pesimismo reflejado en nuestra manera de entender el presente. Y esto puede notarse al abrir un periódico y ver tantas malas noticias acompañadas de tantas buenas. Mientras mexicanos se destacan y el mundo bautizó el «Mexican Moment» a las reformas emprendidas con el gobierno de la misma manera nos topamos con la realidad dolorosa que ha se ha convertido en una suerte de catarsis colectiva y es la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa que ha indignado nuestros corazones.
¿Es el momento de alegrase o de molestarse? ¿Lloramos o reímos? Nuestro México surrealista nos invita a ambos y así lo expresó Andre Bretón: «México, mal despertado de su pasado mitológico sigue evolucionando bajo la protección de Xochipilli, dios de las flores y de la poesía lírica, y de Coatlicue, diosa de la tierra y de la muerte violenta, cuyas efigies, dominando en patetismo y en intensidad a todas las otras, intercambian de punta a punta del museo nacional, por encima de las cabezas de los campesinos indios que son sus visitantes más numerosos y más recogidos, palabras aladas y gritos roncos. Este poder de conciliación de la vida y la muerte es sin lugar a dudas el principal atractivo de que dispone México. A este respecto mantiene abierto un registro inagotable de sensaciones, desde las más benignas, hasta las más insidiosas» (Bretón, 1938).
Quizás el reto no es cambiar nuestra identidad porque quizás no le hagamos justicia a la definición de mexicano. El reto está en convertir nuestro pesimismo y tragedia en catalizador de un futuro distinto, un México surrealista.



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